Turquía – Parte 3 – De Esmirna a Antalya; entendiendo porque el paraiso es tierra de disputas.

No sin cierta tristeza abandonamos Esmirna…

Nos gusta estar en ruta pero siempre cuesta arrancar después de apalancarse agustito en algún sitio (en este caso, como ya explicamos  en el segundo relato de turquia, en casa de Mirkan). Esmirna es una perla hasta que uno decide salir de ella en bici. Volvemos a tomar consciencia de las dimensiones de la ciudad y conforme nos alejamos de la zona de costa, la orografía nos obliga a escalar sin demasiada pausa y a marchas forzadas. A esto hay que sumarle calles algo estrechas y laberínticas y un tramos de autopista final como guinda. Por si no fuera poco, la primera hora de pedaleo nos aleja del centro pero no nos saca completamente de la ciudad así que llegados a Gaziemir decidimos coger el tren par evitar rodar en el caos y de paso acercarnos a Selçuk para tener garantías de llegar antes de que anochezca. Resulta una buena idea pues se trata de una extensión del mismo metro que transita en Esmirna y entrar y salir con las bicicletas no resulta demasiado complicado. Consejo para futuros viajeros: seguramente lo mejor sea coger el metro desde el principio y ahorrarse un buen par de horas de desagradable pedaleo y sin gran atractivo. El trayecto hasta Selcuk tampoco  tiene un especial atractivo salvo por los campos de Granadas que en pleno esplendor dibujan un campo de topos rojos sobre el intenso verde de los árboles que les dan vida. Selçuk es nuestro campo base para desplazarnos a Pamukkale, lugar al que llegaremos con tren. Gracias a Adnan podemos pasar un par de noches en su – algo polvoriento – antiguo garaje de trabajo. Ahora es más bien como un trastero de recuerdos y objetos fetiche relacionados con el mundo de las dos ruedas.

Adnan de WS nos cedió su antiguo taller para pasar un par de noches
Adnan de WS nos cedió su antiguo taller para pasar un par de noches

Pamukkale queda bastante alejada de la costa, a alrededor de 250 km de Esmirna por lo que el desvío en bicicleta nos hubiese supuesto perdernos una parte importante de la ruta que tenemos en mente. Por unos 10€ hay opción de coger un tren de ida y vuelta en Selçuk (que por cierto es el mismo que viene de Esmirna) y hasta Denizli. Una vez allí con un bus lanzadera se llega hasta Pamukkale en sí. Cuidadín porque el último tren de vuelta (al menos para nosotros en Septiembre) salía a las cinco y media de la tarde y no hay alternativa para volver a Selçuk después de esta hora.

Sobre Pamukkale y Éfeso.

Sobre Pamukkale podéis leer mucho y mejor en otras fuentes. Nosotros sólo os diremos a agua pasada, que estamos contentos de no haber cambiado la ruta de costa para llegar hasta allí. Es sorprendente, es diferente a todo lo que hayas podido ver, lo que queda de Hierapolis te da una idea de la belleza del paraje en tiempos de lo que los griegos llamaban Asia Menor  pero no podemos evitar pensar que está algo sobrevalorado y que efectivamente ha visto mejores dias (por si alguno no lo sabe, una vez más la acción del hombre se encargo de menguar la belleza natural “gracias” al egoísmo y arrogancia que nos caracterizan). Se está intentando restaurar la naturaleza original con soporte artificial pero parece que hay trabajo por delante. Las “piscinas” más llamativas son artificiales y apenas la subida a pie hasta la zona del Hierapolis es la que mantiene el blanco radiante que todos tenemos en mente. No queremos desalentar la visita y de hecho la ciudad griega y en especial su teatro nos impresionaron pero como ya hemos comentado, no sé hasta que punto hubiese valido la pena hacer toda la ruta en bici por el interior para poder llegar al famoso Pamukkale (traducido “castillo de algodón”).

Subida por Pamukkale hasta Hierápolis
Baños para el turista sobre parte de las ruinas de Hierápolis
Baños para el turista sobre parte de las ruinas de Hierápolis
Magníficas vistas sobre las piscinas de Pamukkale
Magníficas vistas sobre las piscinas de Pamukkale

Al día siguiente abandonamos el lugar de acogida de nuestro contacto de Warmshowers (WS, ahora en adelante) para poco después volver a hacer una para obligada en la zona. La antigua ciudad de Efeso nos espera al razonable precio de algo más de 10 euros. Este es a nuestro parecer un lugar a no perderse y sin condicionantes. Más allá de la abrumadora fachada de la biblioteca de Celso, llama la atención el estado de conservación y la capacidad que tienen los restos de transmitir lo que esta ciudad Jónica fue antaño. Se pueden pasar un par de horas muy bien invertidas paseando por sus calles y escuchando la audio-guía con sus más que correctas explicaciones.

Vale, ahora sí, a pedalear!

A partir de aquí varios kilómetros por delante donde alternamos costa y vistas al mar primero pasando por Kusadasi, una zona con una importante presencia hotelera y algunos parques acuáticos (alguno fantasmagórico por estar fuera de temporada y cerrado) y algo dura para ciclistas bien cargados como nosotros. Más tarde volvemos a descender hasta Söke, una ciudad sin ningún interés pero en la que, con bienvenida incluida de los lugareños, comemos el envasado de verduras asadas que descubrimos (Şakşuka) con algo de pan en una de sus mezquitas (evidentemente con te por la patilla ofrecido por algunos amigos turcos). Esa noche la intentamos pasar a orillas de lago Bafa aunque el nivel del agua parece estar bajo y nos quedamos alejados de él. No nos importa del todo, pues el paisaje dibuja igualmente una postal bastante inolvidable. Por la mañana algunas vacas hacen acto de presencia pero el ganado no parece inmutarse demasiado por nuestra presencia.

El primer pinchazo del viaje retrasa nuestra salida (para colmo obvio el vidrio que lo ha provocado en el primer intento de reparación y pocos kilómetros después hay que repetir el proceso). Por suerte el día nos brinda con unos maravillosos kilómetros a orillas del Bafa (ahora sí, en todo su esplendor), una imponente cordillera como telón de fondo y uno de los mejores Gözleme (probablemente la especialidad que más hemos comido en Turquia; bueno, bonito y barato) que hayamos comido, todo eso en nuestro camino hacia Milas. A primera vista esta ciudad tampoco se caracteriza por su gran atractivo y para colmo salir de ella supone subir varias decenas de metros con un porcentaje poco Bici-con-alforjas-friendly. La noche cae y, no sin antes dar varias vueltas, encontramos un lugar donde acampar tras un taller de coches. Algo ruidoso (la carretera principal queda cerca) pero libre de perros y rodeados de algunos olivos.

Después de un gran descenso nos lanzamos a la conquista de Bodrum. Esta ciudad es bien conocida en toda Turquía por ser el Saint Tropez turco. Gente joven, guapa y con pasta se dan cita en esta ciudad para broncearse, atiborrarse, ponerse finos y ver quien tiene más grande… el yate. La parte de costa que transcurre desde Güvercinlik es un buen aperitivo de ello. Algunos hoteles de un lujo fuera del alcance de la mayoría de mortales hacen acto de presencia. Muy espabilados nosotros, decidimos parar a tomar el café en un pequeño bar solitario y de aspecto humilde. El precio no obstante tiene muy poco de humilde y maldecimos no haber preguntado el antes. No sentimos estafados (7 Euros por 2 cafés y una pastita en Turquia es una barbaridad) pero nos sirve de escarmiento: preguntad siempre los precios antes de pedir! Es muy posible que el precio varíe por el simple hecho de hacerlo. Por suerte la costa tiene elementos de sobra para devolverte de nuevo el buen humor. Montaña a un lado, acantilado la otro y ese agua azul cristalino tan característica de la zona. Realmente lo es!

De Bodrum a la península de Datça

Llegamos a Bodrum con la idea de coger un Ferry-Boat hacia la península de Datça. Como no somos guapos, ya no estamos tan jóvenes y de pasta tampoco vamos muy sobrados (y no nos gusta la idea de acabar esta vida hedonista antes de tiempo), sacrificamos la visita a Bodrum sin demasiado remordimiento y cogemos in extremis el primero de los 2 únicos ferris diarios.

Que placer llegar a tal preservada península. Veníamos ya algo informados de ello, pero podemos confirmar a fecha de artículo, que esta península es de lo mejor que hemos podido ver en la costa turca, al menos si lo que te interesa es naturaleza más bien intacta y tranquilidad en la carretera. El pueblo principal (de mismo nombre que la península) coexiste con el entorno de manera prudente. Un buen sitio para darse un chapuzón en las cristalinas aguas y buscar un lugar de acampada en la playa a orillas del mar con fuego a tierra incluido; noche para enmarcar.

Yendo en dirección a Marmaris la península es agradecida en paisaje pero hay que sudarla. A un primer puerto de cerca de  400m le siguen varios sube-y-baja con vistas a algunas calas que piden a gritos darse un remojón. Esta zona es conocida en Turquía por haber sobrevivido, al menos por ahora, a los estragos del turismo más feroz y sólo encontramos algún pequeño pueblo costero o camping. La sensación que uno acaba teniendo en Turquia es que tienen tantísima costa que, aunque de vez en cuando el litoral se vea algo afeado con obras faraónicas para el turista, son tantos los kilómetros de playa que no da la sensación de haberla explotado como en otros países (creo que todos sabéis en cual estoy pensando) e igual con la excepción de los alrededores de Antalya. Nos refrescamos en Hisarönü y encaramos la última subida antes de llegar a Marmaris. Decidimos coger un atajo para los últimos metros de subida para evitar la ruta principal, ahora ya si más cargada, aunque debemos hacer unos últimos metros de escalada por sendero con pendientes solo aptas para BTT. Corto pero intenso y una grandiosa recompensa al final en forma de vistas de la bahía de Marmaris bañada por el color violeta de la puesta de sol. En Marmaris nos espera Tolga, un enamorado del ciclismo – antes más de la bici de carretera, ahora más bien de BTT – que forma parte de la comunidad WS y nos dejará descansar en su reputada tienda de bicis un par de días. Durante éstos descubriremos los encantos de la pequeña pero turística ciudad (desmerece un poco el entorno, dicho sea de paso) y participaremos en un evento reivindicativo y simultáneo en varias ciudades de Turquía: las mujeres (y Pablo) se echan a las calles con su mejores modelitos (bueno, en lo que a esto se refiere, ni Manon ni Pablo están a la altura) y una bicicleta. El objetivo? Llamar la atención para crear consciencia sobre los beneficios de usar la bicicleta, que se contemple en los planes de urbanismo y normalizar el hecho de que esta sea usada por el sexo femenino (cosa no tan obvia en la sociedad turca y en general la musulmana).

Muğla en estado puro

Salimos de Marmaris con las pilas recargadas y con un primer y sugerido objetivo: superar el primer puerto para llegar al cruce de Gökova donde venden unos ricos Baklava a un precio exquisito también. Los turcos se rien de nosotros extrañados de que queramos té y Baklava con estas temperaturas tan estivales. Merece la pena, lo quemaremos pronto. La ruta que sigue nos separa de nuevo unos cuantos kilómetros de la costa aunque no por ello pierde en atractivo. Incluso al lado de la autovia, los árboles frutales (naranjos, limoneros, mandarinos, higueras, granados…) nos deleitan con un festival de colores. La verdad que la provincia de Muğla no entiende de monotonia y el camino hasta Köyzegic (si pasáis por aquí perderos por los pequeños caminos alternativos que os llevan de igual manera a esta ciudad que queda a orillas del lago de nombre homónimo) hacen que cada kilómetro valga la pena. Un vez allí paramos a reponer fuerzas en modo royal en ese tipo de restaurantes que tantas alegrías nos ha dado, el Lokanta. Comida elaborada y casera a disponer en raciones. Garbanzos, berenjenas, tomate, algo de carne, pimientos… generalmente todo muy bien cocinado y saludable. Viva la gastronomía turca! El día lo acabamos pedaleando hacia la planicie de Dalaman donde nos espera otra noche bajo techo y en cama acogidos por otro cicloaficiondo de 5 estrellas. Ozcan y su familia dejan huella.

Siguiendo los consejos de quien nos hospeda, abandonamos la ciudad evitando los primeros kilómetros de autovia. Siempre suele valer la pena y aquí no es menos. Unas últimas fotos desde las alturas y a seguir para llegar hasta uno de los puertos marítimos de más solera entre los propietarios de yates, Göcek. El desvío para entrar a este pueblecito es mínimo y las simpáticas callejuelas y su parte de historia mitológica con Ícaro como protagonista hacen que valga la pena dedicarle unos minutos. Pronto nos ponemos de nuevo a rodar para descontar los kilómetros que nos separan de Fethiye, otra de esas ciudades clave e históricas donde un parón es obligado. Aquí vuelve a aflorar un pensamiento que nos acompaña desde hace varios días: no veníamos con una idea preconcebida de la zona, pero en todo caso nos sorprende la cantidad de “verde” que hay. No hay duda de que la costa mediterránea de Turquía goza de unas características privilegiadas para crear ese ecosistema. Antes de adentrarnos en el centro de la ciudad decidimos parar a reponer fuerzas a puertas de la ciudad que además es la zona hotelera donde turistas mayormente británicos gozan de los placeres que su país no puede proveerles. Mientras comemos probamos suerte de nuevo con WS para pasar la noche. Bingo! Un peculiar personaje al cual le estaremos eternamente agradecido nos dice que puede darnos cobijo a escasos metros de alli. Resultado, noche de hotel por nuestra cara bonita con cena, desayuno y birras varias (ahora que parecía que lo estábamos dejando en pro del Ayran). Descargamos bicis y a explorar!

Fethiye…

y en especial su casco antiguo se extiende de manera sublime a orillas del mar. Casi obligado resulta subir a contemplarla desde la famosa tumba de Amyntas que está situada, sin duda no arbitrariamente, en un lugar donde la vista quita el hipo. Matamos el día paseando por el bazar y su patio con montones de pescado fresco (puedes elegir la pieza que te interesa y los restaurantes que rodean la pescadería te la cocinan) y buscando un lugar donde beber un merecido zumo de granada. Poco después volvemos chino-chano al hotel para disfrutar de los innecesarios pero agradables lujos del primer mundo. Gracias por tu bondad y buena compañía. 

Cerca de Fethiye hay varias playas muy publicitadas (la famosa “playa de las mariposas”) pero de difícil acceso si no es en barco por lo que no nos preguntéis por ellas porque quedan fuera de nuestra ruta. Salimos de la ciudad por el oeste para salvar la susodicha zona y subir unos cuantos metros aproximándose hacia la sobrecogedora cordillera que separa las provincias de Muğla y Antalya. No deja de ser cautivador pedalear por esa nacional con el trasfondo natural a base de montañas de 3000 m de altitud. Los últimos kilómetros son bastante desagradables por estar todo en obras. Olor a alquitrán, asfalto a base de piedrecitas, coches acelerados generando polvareda y disparando piedras a su paso… paciencia y pronto de nuevo costa y más playas de las que salen en lonely planet. Nos las prometemos muy felices pretendiendo acampar en la playa de Patara pero tiene acceso restringido por la existencia de ruinas y ni hablar de acampar. Retrocedemos algunos metros y en el pueblo que da entrada al recinto pasamos la noche acampando en la zona verde al lado del aparcamiento.

Dame costa, dame carretera

Los días que siguen hasta Antalya vuelven a regalarnos paisajes de ensueño y algún que otro rompe piernas. La primera etapa transcurre a través de una carretera obligada en cualquier lista de “lo mejor de Turquia en bici”. El camino es una costura en el acantilado; a un lado la roca bien enderezada, al otro el precipicio roto por el azul turquesa. De vez en cuando alguna playa de arena blanca y fina, como la de Kaputaş. Seguramente la playa más fotográfica que jamás haya visto (paciencia sureste asiático, que ya llegamos). Para nuestra suerte, todo está bastante tranquilo (las alarmas de terrorismo y el intento de golpe de estado de hace escasos 3 meses han tenido un efecto devastador en el sector) y nos plantamos en Kaş gozando de los paisajes y combinando los parones obligados para comer con el famoso chapuzón (a Manon le ha gustado la palabra y hemos creado un jingle y todo). Kaş es una pequeña ciudad de costa con un rollo bastante pijo. Preguntamos por curiosidad los precios para acampar en un camping-restaurante y son algo desorbitados (entre 15 y 20 euros la noche para una tienda y 2 personas). Acabamos encontrando un parquecito bastante céntrico al lado de un hospital abandonado (camino de la península que sale del centro) y donde ya se encuentra Omer, una persona admirable por su filosofía de vida, simplicidad e inquietudes… el chico habla francés y discutimos sobre política, la situación en su pais, el rol de la religión… Más tarde nos abandona para irse a hacer cosas más importantes: su equipo, el Fenerbahçe, juega competición europea.

La subida para salir de Kas da miedo solo de verla. Fuerte pendiente que nosotros decidimos hacer por una variante que vemos en el mapa de nuestro GPS. Nos evita subir algunos metros pero es intermitente y algunas cuestas ponen nuestras piernas al limite. Últimas fotos de Kaş y sus alrededores desde las alturas y a seguir sudando. En nuestra travesía pocos lugares donde comprar. Acabamos llegando a un balcón desde donde vemos Demre. Ahi, en medio de la nada, un par de containers adaptados le hacen de casa a Arif. Que grande hubiese sido nuestro error si no decidimos pararnos a conversar con él. Este tipo tiene pinta de haberlas visto de todos los colores. A sus 50 y pico tacos intenta rehacer su vida en ese oasis de tranquilidad. Nosotros sus afortunados invitados (no los únicos, esa noche aparecen al menos 10 personas mas, entre ellos el alcalde de la ciudad) para pasar una noche inolvidable. Gracias a su correctísimo alemán podemos comunicarnos sin demasiados problemas y nos gustan tanto sus proyectos como la idea de poder colaborar en ellos. Por enésima vez recibimos la invitación a prolongar nuestra estancia y bien que nos gustaria pero por otro lado nos puede el deseo de seguir descubriendo. Nos volveremos a ver.

Antalya a las puertas

Preciosa carretera que abandona Demre ondulándose como una una serpiente a lo largo 40km de acantilado a orillas del mar. Al otro lado una prescindible Finike pero una gran recomendación y advertencia para llegar a la zona de Adrasan y Olympos. Se puede apurar por la costa hasta Karaöz. Nosotros pasamos una noche inolvidable en una playa más convencional en forma, de unos 20 o 30 metros de ancho con algunas rocas tras las que esconderse de curiosos y duchas a disposición.  Es un lugar idóneo para reposar antes de una subida bastante horrible si vamos muy cargados (voila la advertencia). En lo que a Adrasan se refiere, a nosotros no nos pareció nada extraordinario y está bastante explotado. Olympos es algo más único ya no sólo por la existencia de sus ruinas sinó por el enclave y el tipo de oferta turística que parece haber apostado por algo más llamativo (cursos de submarinismo, hoteles y restaurantes de inspiración sostenible…). Para ver Olympos y no tener que volver hacia atrás hay que: 1. Pagar una entrada (cuando les dijimos que simplemente queríamos pasar y no necesitábamos acceso para varios días nos hicieron una bonita rebaja) y 2. Arrastrar las bicis durante unos 200 metros por la fina arena. Salir de Olympos por la carretera en dirección a la autovia es realmente duro. No es extremadamente largo pero nosotros la sufrimos a última hora del día y tuvimos que buscar una opción de acampada intermedia.

El monte Olympos y la silueta del teleférico que lo escala nos da la bienvenida al último gran descenso antes de llegar a los hoteles y playas de la bien famosa región de Antalya. Hoteles y complejos adaptados generalmente a nacionalidades concretas. Abundan Rusos y Ucranianos. Las zonas de playa al margen de los hoteles son bastante agradables con jardines llenos de árboles donde huir del sol. Un último reto se nos presenta antes de llegar a la capital. Hay que sortear tres desagradables túneles. Los dos primeros pueden obviarse cogiendo lo que parece ser la antigua carretera que bordea la costa. Para el tercero hay que armarse de valor, usar todo lo que te haga bien visible y darle fuerte que hace bajada. Antalya y un tráfico algo horrible nos esperan al final de este. Entramos de noche y nuestro objetivo es  la casa de Levent, el WS que nos permitirá tomarnos 3 días con calma en la ciudad. Pronto tocará despedirse de de los baños, el azul turquesa y las cálidas temperaturas. Por lo pronto, disfrutemos de Antalya!

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